“Una perspectiva para un humanismo cristiano renovado”
Vemos cómo el cristocentrismo franciscano impregna de dignidad la voluntad racional y cómo este enfoque orienta hacia una visión de la realización del hombre en el amor en la comunidad y en la solidaridad. Cada uno de estos aspectos contribuye a formar una imagen renovada de humanismo cristiano para el mundo de hoy.Cristocentrismo franciscano
Mientras todos estamos familiarizados con la enseñanza de Escoto según la cual la encarnación se habría dado independientemente del pecado del hombre (la caída de Adán y Eva), quizás no sucede lo mismo en cuanto se refiere a la centralidad de la humanidad de Cristo en el pensamiento de Escoto. En efecto, de la reflexión sobre la naturaleza humana de Jesucristo depende la reflexión de Escoto sobre la dignidad humana sobre la voluntad del hombre y sobre el amor desinteresado. La naturaleza común que compartimos con Cristo se vuelve un puente que une la historia de la salvación a la dignidad humana. En efecto, la entrada de lo divino en la historia humana, no fue provocada por el hecho de ser pecadores nosotros sino más bien por el mismo deseo de Dios de encarnarse, un deseo que precedió a la creación, anterior a nuestros padres, y al pecado del hombre. Y afirma Escoto que este deseo no es otro que el mismo Amor. Dios desea “co-amantes”, y esto quiere decir, desear que otros tengan en sí mismos su amor, y por tanto, si quiere que ellos tengan dicho bien como fin propio, predestinados para la eternidad. La encarnación desempeña un papel fundamental en la reflexión de Escoto, no solamente en relación con la naturaleza de Jesucristo, sino sobre las implicaciones que ella tiene sobre nuestra común naturaleza humana compartida. Nosotros hemos sido dotados de las mismas capacidades que existieron en Jesucristo: su capacidad de amar a Dios y a los demás con generosidad, es también nuestra capacidad de amar a Dios y a los demás con generosidad. Su capacidad de ir al encuentro del extranjero, es nuestra capacidad, o mejor, nuestra vocación a mirar más allá de nuestras comunidades de pertenencia para ver a los demás a la luz de nuestro vínculo con ellos. Este vínculo, por tanto, debe ser expresado con acciones concretas: actos de acogida, descuidado, de generosidad y de solidaridad, a fin de establecer relaciones justas que es el verdadero significado de la justicia. La reflexión de Escoto sobre la experiencia humana de Jesucristo respecto a su relación con Dios lo lleva a afirmar y defender la teoría del máximum de la dignidad humana. Cristo no sólo comparte nuestra naturaleza humana en todo excepto en el pecado, sino que nosotros compartimos la dignidad y la capacidad de su naturaleza humana. En nuestros actos de conocimiento nosotros poseemos una capacidad natural para la visión beatífica, por tanto no tenemos necesidad de la luz de la gloria para ver a Dios en forma directa. En nuestra voluntad poseemos la capacidad de un amor generoso y orientado hacia los demás, el amor de amistad.De la dignidad humana a la libertad, al autocontrol y a la solidaridad
Cuando Escoto reflexiona sobre la dignidad del amor humano, describe la libertad de nuestra voluntad en los términos de dos inclinaciones metafísicas distintas: la inclinación a la justicia, y la inclinación a la felicidad o a la posesión. La inclinación a la felicidad está orientada hacia uno mismo y busca el propio bien. La inclinación a la justicia reconoce el bien intrínseco independientemente de la preocupación por uno mismo. Esto significa que tenemos una tendencia innata a buscar nuestro propio bien, al mismo tiempo que poseemos – y esto es importante – una tendencia racional a preocuparnos por el bien de los demás. Estas dos tendencias juntas constituyen la “innata libertad racional de la voluntad humana”. Estas dos tendencias son dos voluntades. Se trata de dos orientaciones metafísicas que en su interacción constituyen la libertad racional. Su interacción revela una fundamental capacidad de controlar los propios de seos en el reconocimiento de un valor que va más allá de uno mismo. Aquí reside nuestra capacidad de amar al Sumo Bien por sí mismo. La inclinación a la justicia es capaz no sólo de reconocer el bien intrínseco en algunos objetos, sino que constituye también una especie de “controlador” de la inclinación a la posesión, permitiendo a la voluntad actuar por vía de reflexión, auto-controlándose y siendo dueña de sí misma; en esto consiste la base del usus pauper, uso pobre y moderado, la verdadera capacidad que necesitamos para actuar de modo que los bienes de la tierra, nuestra bella tierra, sean compartidos con equidad entre todos los hijos de Dios. El texto completo (en italiano) puede leerse en el link. [gallery type="rectangular" link="file" ids="17354,17355,17356,17357,17358,17359"]