Durante la audiencia concedida a Su Eminencia Reverendísima, el Cardenal Marcello Semeraro, Prefecto del Dicasterio de las Causas de los Santos, el Sumo Pontífice autorizó al mismo Dicasterio a promulgar el Decreto relativo a las virtudes heroicas del Siervo de Dios Antonio Pagani (en el siglo Marcos), sacerdote de la Orden de los Frailes Menores y fundador de las Hermanas Dimesse Hijas de María Inmaculada, nacido en Venecia (Italia) en 1526 y fallecido el 4 de enero de 1589 en Vicenza (Italia).
Marco Pagani (Venecia 1526), graduado en jurisprudencia civil y canónica, después de una experiencia inicial entre los Barnabitas pasó a formar parte de los Frailes Menores Observantes en 1557 tomando el nombre de Antonio. Hombre de cultura, canonista y teólogo dedicó su fecundo apostolado como sacerdote (1551) a la predicación, a la enseñanza y a la publicación de escritos. Participó como teólogo en el Concilio de Trento junto al Ministro General de la Orden P. Francesco Zamora. Alimentó un profundo celo por la gloria de Dios y el bien de la Iglesia manteniendo siempre un estilo de vida sencillo, austero y humilde. Colaboró activamente en la obra de reforma promovida por el Concilio para volver a la sencillez evangélica de los orígenes, frenar la relajación de las costumbres y refutar las herejías. Estuvo particularmente atento al papel de los laicos en la evangelización y fundó para ellos la Compañía de los Hermanos de la Cruz y la Compañía de las Dimesse. Estas últimas, surgidas en Vicenza en 1579 en el marco de la Tercera Orden Franciscana con la colaboración de Deianira Valmarana, son todavía activas en la Iglesia con el nombre de Hermanas Dimesse Hijas de María Inmaculada y constituyen la herencia espiritual más significativa del Siervo de Dios.
El padre Antonio Pagani pasó los últimos años de su vida en los eremitorios franciscanos del Véneto para estar en la contemplación, cada vez más íntimamente unido al Señor. Murió en el convento de San Biagio en Vicenza el 4 de enero de 1589. La larga Causa de Beatificación, iniciada en 1615, llega hoy a la merecida línea de meta del reconocimiento de las virtudes heroicas, testimoniando la auténtica fama de santidad que, desafiando los siglos, ha acompañado siempre al venerable.