La Verna, 17 de septiembre de 2026
Fiesta de los Estigmas de San Francisco
Queridos hermanos,
¡que el Señor os dé paz!
Os escribo en el día en que, hace más de ochocientos años, aquí en La Verna, el Señor imprimió en el cuerpo de Francisco los signos de su Pasión. Desde esas heridas hasta el Tránsito, que celebraremos dentro de unas semanas, discurre un único camino: el de un hombre que dejó a Cristo la última palabra sobre su propia vida.
Quiero llegar a cada uno de vosotros —postulantes, novicios y profesos temporales— pensando en vuestros rostros y en las preguntas que lleváis en el corazón. Sois el rostro joven de la Orden. A través de vosotros, el Señor sigue llamando a hombres que desean vivir el Evangelio tal y como se lo reveló a Francisco.
Celebrar el Tránsito no significa solo recordar el día de la muerte de Francisco. Significa contemplar una vida entregada por completo. Tras haber recorrido hasta el final el camino del Evangelio, Francisco entra en el abrazo del Padre. Por eso, el Tránsito no pertenece solo al pasado: señala la meta hacia la que camina cada hermano menor. No es el éxito, ni el prestigio, sino la plena comunión con Dios.
El legado que Francisco deja a los hermanos no es un programa ni una organización, sino el Evangelio vivido, su bendición y una fraternidad. Eso es lo que recibís hoy
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