Como cada año, los días 16 y 17 de septiembre en Monte Alverna, la fraternidad franciscana, los jóvenes peregrinos y cientos de fieles celebraron la solemnidad de la Impresión de las Llagas de San Francisco. Fue un momento importante, vivido intensamente por los presentes durante el año jubilar franciscano que conmemora los 800 años del tránsito de San Francisco.
En la celebración eucarística de la Vigilia del 16 de septiembre, Fr. Massimo Fusarelli, Ministro general de la OFM, se dirigió a los numerosos jóvenes participantes en la peregrinación nocturna organizada por los frailes de la Provincia de San Francisco Estigmatizado de la Toscana: partieron de la parroquia de Chiusi della Verna y caminaron rezando y cantando durante la noche para llegar al Santuario y celebrar la Santa Eucaristía.
Dirigiéndose a los jóvenes, Fr. Massimo evocó la imagen del camino, que exige dejar algo atrás y aligerarse de cargas. Al igual que Abraham, quien partió sin saber adónde iba, y como Francisco, quien llegó a Monte Alverna después de haber ido dejando poco a poco lo que poseía, también ellos fueron invitados a ponerse en manos de Dios: «No tengan miedo de dejar lo que los agobia. No tengan miedo de mirar a Cristo. No tengan miedo de entregarse a Él: quien se entrega a Él no pierde su vida, sino que la recibe renovada».
En una época en la que, lamentablemente, con demasiada frecuencia se confunde el amor con la posesión, el Ministro general quiso destacar una vez más la valiente decisión del Poverello de Asís, quien «no retuvo nada para sí» salvo la cruz del Señor: este fue el mensaje central de Fr. Massimo en la homilía del 17 de septiembre, en la que destacó que Francisco nunca se jactó de los estigmas, sino que dejó una regla —de hecho, la Regla— a todos sus seguidores: vivir «sin nada propio» no es una norma sobre los bienes, sino «la forma de una vida».
Francisco, recordó el Ministro general, había llegado a esta libertad poco a poco: había devuelto las riquezas de su padre, dejado el gobierno de la Orden y reconocido que la fraternidad no le pertenecía. Ni siquiera los estigmas, recibidos en Monte Alverna, fueron para él algo que debiera conservar o de lo que pudiera presumir: en el Testamento, donde recuerda a los leprosos, a los sacerdotes, a los hermanos y a la Iglesia, no habla de ellos. «El hombre que no retiene nada tampoco retiene la gracia. Ni siquiera retiene sus llagas», afirmó Fr. Massimo.
De ahí también el vínculo entre Monte Alverna y el Tránsito: Francisco desciende del monte y continúa su camino hasta la Porciúncula, donde el 3 de octubre de 1226 entregará también lo último que le queda, su propio cuerpo. «El sello recibido en la carne y la carne devuelta a la tierra son un mismo movimiento», explicó el Ministro general, recordando que el llamado no es a retener lo que da seguridad, importancia o reconocimiento, sino a devolver: «Quien devuelve no pierde. Recibe».
Hubo también una última referencia a Santa Clara, quien pidió no poseer nada y eligió la libertad de todo para seguir libremente a Cristo pobre. La invitación dirigida a los presentes fue la de «abrir las manos»: «Hermanos y hermanas, celebrar hoy los Estigmas significa pedir esta gracia: abrir las manos. No retener para nosotros los bienes, los méritos, las heridas. Recibir todo con gratitud. Devolver todo con amor. Para que Aquel que se entrega por completo a nosotros pueda acogernos por completo en sí mismo», concluyó el Ministro general.
Estas exhortaciones se plasmaron en una oración dirigida a San Francisco que los frailes y los fieles recitaron durante la tradicional procesión hacia la Capilla de los Estigmas, que se conserva en el Santuario.
Lee la homilía del 16 de septiembre: Italiano - English - Español
Lee la homilía del 17 de septiembre: Italiano - English - Español
Descarga la oración a San Francisco: Italiano - English - Español
Vee todas las fotos en Flickr