Contactos
NEWS

En opinión de… Fray Massimo – Abril de 2024

27 Abril 2024

Me ha impresionado la decisión del Papa Francisco cuando declaro el 2024 como Año de la Oración, en preparación del Jubileo del 2025, con el tema “Peregrinos de la esperanza”. Para tener esperanza, es necesario orar: no se trata ciertamente de algo vago y abstracto. Orar es un acto de toda la persona, cuerpo, alma y espíritu. La espiritualidad cristiana es concreta. Propongo algunos puntos:

Orar es recuperar la relación con Dios y reavivar la fe. 
Orar de verdad es descubrir la sencilla verdad de que Dios nos ama y nos busca a cada uno de nosotros, nos da su vida misma. Podemos responder. ¿Cómo alimenta la oración la vida de fe?

Como los discípulos, pedimos a Jesús que nos enseñe a orar. 
El objetivo de la oración es “la santa operación del Espíritu del Señor” en nosotros. Debemos partir de aquí y pedir también la ayuda de la Virgen María, que según San Francisco está profundamente unida al Espíritu Santo. ¿Sigo pidiendo el pan cotidiano de la oración?

La oración también es una lucha, sobre todo contra nuestro “yo” idólatra que quiere seguir siendo el centro de todo. ¿Reconozco que el éxodo de mi “yo” es necesario para vivir de verdad?

La oración necesita espacios y tiempos específicos. 
No podemos decir simplemente que nuestro trabajo y nuestro servicio son oración. Esto es cierto, pero a condición de que haya tiempos constantes de escucha de la palabra de Dios y de diálogo con Él. ¿Qué pienso sobre esto?

La oración es una realidad profundamente personal y, por tanto, comunitaria. 
La oración nos ayuda a creer y sólo podemos creer orando. Si la oración se extingue, la fe languidece, la comunión se desvanece. ¿Qué hay realmente dentro de tantos de nuestros conflictos y falta de caridad? 

La oración y la fe están sencillamente en el corazón de nuestra opción evangélica de hermanos y menores. Veo reiteradamente cuán urgente es entre nosotros redescubrir y practicar fielmente la oración, fuente de nuestra vida y de nuestra alegría.

No hablo de hábitos y rituales religiosos que a menudo se han vuelto asfixiantes y formales. Hablo de ese deseo que toca la dimensión más profunda de nuestro ser y, por tanto, nuestra relación con el Dios de la vida. A menudo oramos poco y oramos mal, y por tanto creemos poco y mal. En consecuencia, no reconocemos poco y mal lo que el Espíritu nos pide hoy. No nos engañamos a nosotros mismos. No hay redescubrimiento y reforma de nuestra vida que no empiece por aquí. Intentemos redescubrir la centralidad de la oración y nos sorprenderemos de cómo viviremos y actuaremos como fraternidad. ¡Atrevámonos más!

También te puede interesar: