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Koinonia N. 121 – 2024.1: Año 31

Los estigmas: seguimiento y configuración con Cristo

02 Mayo 2024

Los estigmas (del latín stigma, y este a su vez del griego στίγμα), ante todo, son señales o marcas que aparecen de forma espontánea en el cuerpo de algunas personas, casi siempre místicas extáticas. Estas heridas son similares a las infligidas sobre Jesús de Nazaret durante su crucifixión según la iconografía cristiana tradicional, y van precedidas y acompañadas de tormentos físicos y morales. Suelen aparecer en las manos, pies y costado derecho, y a veces también en la cabeza y en las espaldas, lo que recuerda la coronación de espinas y la flagelación de Jesús de Nazaret.
Es san Francisco de Asís, el más famoso de los santos estigmatizados de la Iglesia tenía un único y sólo deseo: vivir en Cristo, parecerse a Él

Como sabemos, aquel año, el Señor le dio la respuesta mística que esperaba en medio de tantas angustias e incertidumbres. Cuando en el mes de septiembre de 1224 acababa de subir a la cumbre del Alverna, en la maravilla de una hermosa jornada llena de cantos de pájaros, después de que, durante días y días, su oración se había hecho más ardiente, parecida a una agonía de amor, de repente, en la mañana del diecisiete, apareció ante sus ojos extasiados en el deslumbramiento del Amor, un Serafín, que batía el aire con sus seis alas y que llevaba dibujada en su ser sobrenatural la imagen del Crucificado. Al salir de su éxtasis, Francisco se sintió penetrado de un dolor múltiple, desgarrador y suave: sobre sus manos, sobre sus pies y sobre su costado eran visibles y sangrientas las llagas de la Pasión. El testigo de Cristo llevaba en su carne los estigmas de su Dios.

Francisco recibió en el monte Alverna los estigmas de la Pasión de Cristo; éstos, sin embargo, permanecieron ocultos para la inmensa mayoría de personas. Sólo dos años más tarde, el día de la muerte del Santo, fue cuando «más de cincuenta hermanos, además de incontables seglares», pudieron venerarlos (3 Cel 5). A los ojos de todos, escribirá igualmente Celano, parecía «cual si todavía recientemente hubiera sido bajado de la cruz» (1 Cel 112). En Francisco muerto, se creyó estar contemplando al mismo Cristo muerto.

De esta manera, con el ejemplo de san Francisco, queda plasmado que el camino cristiano consiste en la “imitación de Cristo”, que vivió en el amor y murió por amor en la cruz. El discípulo “debe, por decirlo así, entrar en Cristo con todo su ser, debe ‘apropiarse’ y asimilar toda la realidad de la Encarnación y de la Redención para encontrarse a sí mismo”.

Como nos enseñó san Juan Pablo II: La cruz, signo de amor y de entrega total, es el emblema del discípulo llamado a configurarse con Cristo glorioso.

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