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Porciúncula: la tierra de la reconciliación continúa

Fr. Giuseppe Buffon y la indulgencia de Asís

31 Julio 2023

Para la fiesta del Perdón de Asís, que celebramos en todo el mundo cada 2 de agosto, publicamos el siguiente artículo escrito por el profesor de Historia y Ecología Integral en la Facultad de Teología de la Pontificia Universidad Antonianum de Roma. Giuseppe Buffon OFM, quien nos habla sobre la indulgencia de la Porciúncula.

Este año, cuando crucemos el umbral de la pequeña capilla de Santa María de los Ángeles para recibir la indulgencia de la Porciúncula y al dar nuestros pasos sobre ese suelo, impregnado del perdón, oiremos a lo lejos el eco de unas pisadas: las de los primeros hermanos, llegados al Capítulo desde todas partes para escribir la Regla de la fraternidad. Ciertamente, en este año del VIII centenario de la Regla, no podemos olvidar que una de las pocas veces, sólo dos, que aparece el término Porciúncula en los escritos de Francisco es precisamente en la Regla. 

La otra cita, igualmente significativa, procede de la “Parábola de la perfecta alegría”. También ella se hace eco de aquella coyuntura del doloroso enfrentamiento en torno a la redacción del código de los Minoritas: Francisco quedó relegado por una fraternidad que ahora se ha convertido en Orden, numerosa, poderosa y docta. Descubre así la paz de una vulnerabilidad distintamente feliz. 

La Regla habla de la Porciúncula no sólo como lugar de encuentro, sino también de verificación y de confrontación y, por lo tanto, de reconciliación, laboriosamente buscada y nunca obtenida por completo. En el código que configura la vida de la fraternidad, se establece, por ejemplo, que durante el Capítulo de Pentecostés en la Porciúncula, los hermanos pueden eventualmente denunciar al Ministro general cualquier falta de sus Ministros. Y el propio Ministro general puede ser evaluado por los hermanos y, si lo encuentran deficiente, ser sustituido por un hermano más idóneo. 

Según algunos biógrafos, fue durante el Capítulo de la Porciúncula cuando Francisco decidió dimitir, renunciando a la dirección de la fraternidad. Un gesto grave, se debe precisar: “Por dentro y por fuera, espíritu y cuerpo, Francisco estaba muy turbado, tanto que a veces huía de la compañía de los hermanos porque, abrumado por la tortura, era incapaz de mostrarles su habitual serenidad”.  

Son los años de la gran crisis en las relaciones entre Francisco y sus hermanos, que a menudo adoptan posturas e iniciativas alejadas de las suyas, cuando no totalmente contrarias. Son los años de la “tentación más grave”, como la definen los biógrafos, que Francisco supera sólo sumergiéndose en la escucha de la Palabra, rumiada en el silencio materno de la Porciúncula: “Si tuvieras una fe tan grande como un grano de mostaza y le dijeras a esa montaña que se moviera de un sitio a otro, sucedería así”. 

Eran los años en que Francisco, casi exasperado por la corriente de los “frailes cultos”, quienes insistían tomar en cuenta otras Reglas, pronunció durante un Capítulo aquellas dramáticas palabras, que sonaron como un grito lacerante: "No quiero que se me hable de ninguna Regla, ni de San Benito, ni de San Agustín, ni de San Bernardo, ni de ningún otro ideal o modo de vida que no sea el que el Señor me ha revelado y concedido misericordiosamente. El Señor me dijo que debía ser como un nuevo loco en este mundo, y no quiso conducirnos por otro camino que el de este conocimiento. 

Por esa razón la parábola de la perfecta alegría, en la cual Francisco habla de su exclusión de la fraternidad por ser “simple e idiota”, retrata emblemáticamente la experiencia de la fraternidad enjuiciada, de la fraternidad lacerada en busca de reconciliación, de la fraternidad herida, que clama la sanación, de la fraternidad que debe aceptar su propia vulnerabilidad, encontrando sólo en ella la “perfecta alegría”. Aceptar la vulnerabilidad antes que buscar la justicia es para Francisco el único camino hacia el perdón, que es ante todo reconciliación consigo mismo. Es una ciencia nueva, casi una locura, la locura evangélica. 

La propuesta es ciertamente radical, pero a menudo resulta ser la única posible, para iniciar procesos de reconciliación, de pacificación social e incluso política. Cuando, de hecho, el conflicto se convierte en masacre, como en Ruanda, y la masacre se extiende de forma viral, pandémica, convirtiéndose en una guerra planetaria, sin cuartel, como demuestran los innumerables conflictos de hoy, que a menudo se libran en el corazón de las ciudades, dentro de las casas, matando a niños, la radicalidad del perdón de Francisco, que encuentra la alegría perfecta en la vulnerabilidad, es quizá la única salida realmente posible. Al podestà y al obispo alineados en bandos opuestos, Francisco les propone un perdón sin condiciones, sin razones, podríamos decir, salvo las del amor, que es vulnerabilidad incondicional: “Loado seas, mi Señor, por aquellos que perdonan por tu amor”. 

En la radicalización de la violencia, característica de este paso de época, la única respuesta parece ser la de Francisco, el “huésped loco” de Malik al Kamil: ¡la vulnerabilidad descarada del amor

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