La Profesión de los novicios

Sabado 4 Septiembre 2021, el Ministro General Fr. Massimo Fusarelli, ha presidido, en el Santuario de la Verna, la Profesión de los novicios.

Han profesado 4 novicios de la Provincia Toscana, 2 de la Provincia Lazio-Abruzzo y 8 de la Custodia de Tierra Santa.

Abajo encontraréis algunas fotos y la homilia del Ministro General.

 

Fotos

 

Homilía con motivo de la Profesión temporal en el monte Alverna

4 de septiembre del 2021

Colosenses 1,21-23 y Lucas 6,1-5

En nuestras vidas hay siempre un “antes” y un “después”: antes de un acontecimiento, de una elección, de una transición y después, con más o menos distancia. Esto suele provocar ansiedad por la espera o la decepción, un gran gasto de energía y, a veces, cansancio. Un ejemplo para todos: el antes y el después del COVID, con todo lo que sabemos que ha cambiado y cambiará.

También para vosotros, hermanos novicios, existe lo que precede a este día y lo que comienza hoy. Cada uno de vosotros conoce el “antes” que os ha traído hoy aquí, y espero que en este año hayáis podido mirar vuestro “antes” con ojos nuevos para poder acoger este “después” de una manera nueva; espero y oro para que este momento esté marcado por el encuentro con el Señor Jesús, que genera una novedad hermosa y contagiosa, una alegría que hay que compartir: ¡dejémonos contagiar!

San Pablo nos presenta un tiempo – “un antes”- y un después, que es el “ahora”: “antes” los cristianos de Colosas estaban desinteresados de Dios, no lo conocían, sus mentes estaban ocupadas en otros asuntos; esto significa que todos estamos ocupados en llenar ese vacío que llevamos dentro, con pensamientos, palabras, imágenes. Cuanto más lo llenamos, más ansía ese vacío ser llenado. “Ahora” en cambio hay una nueva situación que les concierne. Gracias a la muerte del cuerpo carnal (cuerpo y carne) de Cristo y a través de él se han convertido en lo que Dios desea: santos, porque él es santo, sin mancha y capaces de caminar en la verdad ante él. Es a través de la iniciativa de la gracia de Dios que se reconcilian.

Santos, inmaculados e irreprochables en las Escrituras se refiere a las víctimas sacrificiales ofrecidas a Dios, que debían ser las mejores, no las rechazadas: los Colosenses en el “después” de su vida tras las huellas de Cristo, viven cada día la ofrenda de sí mismos como un culto vital, hasta el cumplimiento final.

Este don se os da hoy: ofrecer vuestra vida como un regalo aceptable y gozoso, para que cada pensamiento, sentimiento, acción, energía afectiva y voluntad se dirijan a él, orientados a su voluntad, transformados progresivamente por su amor. Este es el sentido de la promesa de vivir sin propio, es decir, libres del apego a nuestro ego prepotente, que se apodera de todo, incluso de los dones de Dios. Si durante este año habéis podido tocar y conocer esa parte de vosotros que se aferra a sí misma, espero que hayáis podido encontrar y saborear la humilde y hermosa realidad del amor de Cristo, que no defrauda y supera todo conocimiento.

Habéis pasado un año aquí en el Alverna, en contacto con San Francisco, que conoció el “antes” de su condición de pecador y el “después” del encuentro con el leproso… lo dice claramente en el Testamento, cuando llegó al final de su existencia, sabe trazar esa frontera en su vida: primero me adoré a mí mismo, luego pude encontrar la mirada, la carne podrida y el abrazo de los leprosos, y en ese “nosotros” encontré mi verdadero “yo”, el fraterno, marcado por la misericordia.

Conoció el “antes” de su agotamiento (cansancio//esfuerzo) con la fraternidad de la Orden que seguía otros caminos y el “después” del encuentro que lo hizo semejante al Amado aquí en el Alverna… si estaba como encerrado en sí mismo, casi plegado en el trabajo del crecimiento de su creatura, la fraternidad, después, en este monte, lo acoge de nuevo como un regalo de Aquel que nos ama como alguien verdaderamente humilde, desposeído de todo, libre para entregarse al Amado hasta dejar una herida de amor en su cuerpo. La Cruz gloriosa del Señor imprimió en la carne del corazón y de la vida de Francisco la huella de un amor humilde: el Serafín se presenta a Francisco de forma pacífica y amorosa. Cristo nos imprime su marca victoriosa en un siervo: es el amigo, el novio, el hermano quien marca a su amigo con el fuego y el beso del amor.

Francisco se mantuvo firme en la fe, como decía San Pablo a los Colosenses, unido a la solidez de la roca que es Cristo. Comenzando su Transito, el Poverello indica a sus hermanos que Cristo ha sido su todo, todo…; les enseñó su camino, que ahora deja a sus hermanos, a nosotros, hoy a vosotros, para que nos dejemos guiar por Cristo. Ese cuerpo tendido en la tierra desnuda significa precisamente esta libertad, este don de sí mismo… ¡Oh, cómo lo necesitamos! ¡Que Jesús nos muestre con los ojos del espíritu el camino para decir un sí nuevo, más libre y feliz a su llamada!

También a vosotros se os dice hoy que pongáis vuestro fundamento en Cristo (1 Cor 3,10-12 y Ef 3,17), porque la fe es la adhesión radical y sentida a Cristo y da lugar a la esperanza suscitada por el Evangelio.

Hoy reconocéis que el después, el ahora de vuestra vida, es la de la amistad con Jesús, del don a Él, en el Espíritu, de toda vuestra vida. Es sobre esta base que podéis decir el “sí” que se os pide hoy, San Francisco lo expresó así:

Pero ahora, después que hemos dejado el mundo, no tenemos ninguna otra cosa que hacer sino seguir la voluntad del Señor y agradarle a él. (Rnb 22,9)

¡Hermanos! ¿De verdad queréis agradar sólo a Jesús? Es un verbo esponsal. Os deseo esta pasión, este impulso del corazón en el sentido que hoy pronunciáis: tendréis reservas y miedos, dudas y temores, es normal. Confiad hoy en la palabra fiel del Señor y echad en él todas vuestras preocupaciones. Durante toda la vida. ¿Cómo es posible perseverar así?

Podéis vivir esta confianza escuchando hoy el Evangelio de Lucas de dos maneras:

  • ser pobres predicadores peregrinos, es decir, peregrinos y extranjeros en este mundo. Hay que permanecer en el camino, sin fijarse en lugares, en papeles, en sitios, como a veces nos veis hacer a los hermanos mayores… permanecer libres.
  • En la libertad del Evangelio: nos lo indica el Evangelio de hoy y nos lo recuerdan las palabras de la Regla que pronto profesaréis y que deseo volver a escuchar con vosotros, no sin una punzada en el corazón:

Los hermanos nada se apropien, ni casa, ni lugar, ni cosa alguna. Y como peregrinos y forasteros en este siglo, sirviendo al Señor en pobreza y humildad, vayan por limosna confiadamente, (…) Adhiriéndoos totalmente a ella, amadísimos hermanos, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, ninguna otra cosa jamás queráis tener debajo del cielo. (Rb 6,1-6)

Esta pobreza, nuestra librea real como la llamó San Pablo VI, sólo puede ser vivida verdaderamente por amor en la libertad evangélica.

¿Cómo es posible elegir vivir sin nada propio, desde el tesoro de nosotros mismos hasta los bienes, sin este movimiento de amor? ¿Sin una gran confianza en su paternidad? ¿Sin la audacia de quien, por amor, se desprende de todo y llama sólo a Dios Padre? ¿Sin un gran amor por el mundo y por los seres humanos?

Queridos hermanos novicios y dentro de poco profesos: os deseo con todo mi corazón y fuerza que os enamoréis en verdad de la mirada con la que el Señor os mira hoy y os atrae hacia sí. No os deseo nada más bajo el cielo, ni miedo a perder algo, sino saber que con Cristo se nos da todo. De confiar: podéis dar el paso de seguir las huellas de Jesús dentro de vuestras pobrezas y a través de ellas. Dios no tiene miedo de nuestras infidelidades, porque nos conoce y nos ama. Más bien se detiene en nuestra autosuficiencia, en el orgullo de la vida que nos hace obstinarnos en buscar la felicidad por nuestra cuenta. Sabe sentarse y esperarnos, sabe cuándo ha llegado el momento de volver a Él, de volver a encontrar su mirada.

Puedo atestiguar que podemos perder de vista esa mirada en el camino y buscar otra cosa. Pero también puedo deciros que llega la hora en que esa mirada vuelve a buscar la nuestra, y con nosotros la de muchos, y vence las resistencias y los miedos, la autosuficiencia y los pecados. Lo creemos, confiamos en él, nos entregamos de nuevo contigo a este Amor obstinado e invencible. Y en esa mirada, nuestra mirada cambia hacia el mundo, hacia las personas. La creación, la realidad. Las criaturas se convierten en hermanos y hermanas, no en enemigos, a los que hay que amar y servir con humildad.

Buen camino de seguimiento en la alegría del amor que no defrauda. Amén.