Carta del Ministro General para la Solemnidad de SAnta Beatriz da Silva 2022

«SERVIR A DIOS Y A SANTA MARÍA EN EL MISTERIODE SU CONCEPCIÓN»

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Queridas hermanas concepcionistas, ¡El Señor os dé la paz!

Me dirijo a vosotras con profundo respeto y afecto a propósito de la fiesta litúrgica de Santa Beatriz da Silva, iniciadora y fundadora de vuestra forma de vida en la Iglesia.

He reflexionado personalmente sobre una frase que resume el carisma que habéis recibido en la Iglesia a través de vuestra Madre y de las hermanas que lo han vivido: “servir a Dios y a Santa María en el misterio de su Concepción”; la comentare con mis propias palabras, espero que estas respondan a vuestra particular sensibilidad carismática, un regalo para nuestra Familia Franciscana y para toda la Iglesia.

La expresión “servir a Dios” encierra toda la espiritualidad bautismal del cristiano. De hecho, es em el Bautismo que hemos pasado de la esclavitud del pecado al servicio del Dios Altísimo, que nos permite creer, esperar y amar.

¿No es acaso vuestra vocación de Concepcionistas sencillamente una llamada a la gratuidad y a la libertad del servicio amoroso al Padre de las misericordias? ¿La Inmaculada no es probablemente un fruto de la libertad soberana de Dios en la teología franciscana, sobre todo para el Beato Duns Escoto?

Ella nos acompaña en el camino de los amigos y no de los siervos, como lo dice Jesús (cf. Jn 15,15) y esto es aplicable también a vosotras. En una vida gradualmente simplificada, porque está liberada de tantas cosas superfluas y llevada a lo esencial, se experimenta la alegría de la relación como hijas del Padre celestial, libres para amar sin límites. Este es el camino para crecer en el servicio a Dios, libre y amoroso.

El ritmo de la oración, trabajo, vida fraterna, formación y estudio, la relación con el mundo exterior en las formas sencillas que conocéis, todo os ayuda a madurar en la libertad del servicio de Dios.

¿Cómo podemos unir el servicio a Dios y a Santa María, tal cual lo dice Santa Beatriz? Creo que con esta expresión quiere expresar la cercanía completamente única de María con el Señor, sólo por su gracia. Servir al Señor y a Santa María nos orienta hacia el corazón de la vocación cristiana y nos hace crecer en nuestra relación con el Señor a través de la oración, en la libertad de amar a través de la caridad fraterna, la obediencia, la pobreza y la castidad vividas con alegría: María está presente en el interior de nuestra vida cristiana y acompaña estas dimensiones según la forma de su respuesta, que es totalmente transparente por el don de la gracia que siempre ha envuelto su existencia.

Servir a Dios y a Santa María en su Concepción: es precisamente en el misterio de su vida como “llena de gracia” (Lc 1,28) donde encontramos el núcleo de la vida cristiana y religiosa que habéis abrazado libremente.

¿Cómo ilumina todo esto la Inmaculada Concepción?

Me parece que en un triple sentido:

– Recibir el don de la vocación como un regalo que nos precede y acompaña;

– Vivir el Bautismo, la plenitud de la gracia, en forma de vida vocacional;

– Hacer nuestros los sentimientos de María, como lo es el camino de conformación con el Señor.

Retomo cada uno de estos puntos.

La Virgen María fue envuelta por pura gracia en la presencia del Señor y esto la hizo completamente vuelta hacia Él, inmersa en Él y, por lo tanto, transparente de la belleza misma de Dios, de quien es un reflejo. Esta realidad no es un privilegio individual de María, sino que nos hace contemplarla como “Virgen hecha Iglesia” (SalVM, 1): María es la única criatura en la que se ha realizado plenamente la obra de Cristo Señor y, por tanto, Ella es ya lo que la Iglesia está llamada a ser. En Ella vemos nuestro destino, cumplido y por tanto posible. El inmenso don concedido a María es con miras a la maternidad divina y, luego entonces, se dirige a nosotros, llamados a ser hijos en el Hijo, el Verbo hecho carne en el seno de la Bendita entre todas las mujeres.

María ha recibido con el don de la vida el de la vocación, en Ella admirablemente unidos. Toda vuelta a Dios aceptó la llamada a vivir su vida como una vocación a la santidad, recibida como un don y acogida como un continuo camino de fe y amor.

Servir a Dios y a Santa María en su Concepción significa entonces para no- sotros, y en particular para vosotras, queridas hermanas, vivir toda nuestra vida como una vocación. Esto no es obra de nuestras manos, sino que lo recibimos como un don, con la finalidad de transformar nuestra vida conformándola con los sentimientos de Cristo Jesús, a quien podemos reconocer de modo único en María. Crecer en respuesta constante al don de la vocación, a lo largo de las distintas eda-

des de la vida, significa servir a Dios en la libertad de los hijos, movidos por el Espíritu que modeló en María la respuesta plena a este don.

Esta respuesta al don de la vocación es fruto y expresión de la fuerza del Bautismo en nosotros. Gracias al lavado bautismal, llegamos a ser “santos e irreprochables en su presencia, por el amor” (Ef. 1,4). Nuestra vocación está enraizada en el Bautismo; somos cristianos y ésta es nuestra primera y fundamental consagración. Vivir la novedad del bautismo significa para San Francisco que “sobre todos ellos y ellas, mientras hagan tales cosas y perseveren hasta el fin, descansará el Espíritu del Señor (Is 11,2) y hará en ellos habitación y morada (cf. Jn 14,23). Y serán hijos del Padre celestial (cf. Mt 5,45), cuyas obras hacen. Y son esposos, hermanos y madres de nuestro Señor Jesucristo. Somos esposos cuando, por el Espíritu Santo, el alma fiel se une a Jesucristo. Somos ciertamente hermanos cuando hacemos la voluntad de su Padre, que está en el cielo (cf. Mt 12,50); madres, cuando lo llevamos en nuestro corazón y en nuestro cuerpo, por el amor y por una conciencia pura y sincera; y lo damos a luz por medio de obras santas, que deben iluminar a los otros como ejemplo (cf. Mt 5,16)” (CtaF2, 48-53).

En estas palabras encontramos el camino para vivir nuestro Bautismo como consagrados en el seguimiento de Jesús. La Virgen Inmaculada está presente al interior de la vida cristiana y nos acompaña en estos pasos. Esto me parece que significa para vosotras en particular, queridas hermanas, experimentar esta presencia de María y convertiros en un signo de ella en la Iglesia a través de vuestra vida contemplativa.

Es aquí donde entramos al tercer punto: vuestra vida como asimilación de los sentimientos de María, como vía de conformación con el Señor Jesús. Os propongo tres pasos más:

– Santa María recibió la palabra de Dios en toda su realidad como mujer y como creyente y esto tiene mucho que decir a vuestra particular forma de vida. De hecho, la vida contemplativa se alimenta precisamente de esta escucha profunda, que da calidad a la oración litúrgica y personal, como a toda la vida según el Espíritu. Escuchar al Señor, escucharse a sí mismo en verdad, escuchar a los demás y al gemido de la creación. Realmente necesitamos crecer en todo esto, especialmente hoy, cuando toda la Iglesia ha aceptado la llamada a un camino sinodal de escucha mutua para dar testimonio del Evangelio en esta época cambiante.

– Santa María escucha la voz del Señor con toda su personalidad de mujer, sabe preguntar y finalmente pronunciar su incondicional Sí. Entrar en sus sentimientos os mueve como mujeres a responder al don de la fe y de la vocación, cuidando integralmente la dimensión humana, espiritual y carismática.

–  Santa María sigue finalmente las huellas de su Hijo, es la primera discípula, hasta al pie de la Cruz. Ella ha vivido su fe como un viaje permanente, pasando por las opciones que se le exigían a medida que avanzaba. Sostenida por la santidad de Dios, experimentó la plenitud de los sentimientos humanos y nos muestra cómo es posible seguir las huellas de su Hijo Jesús con toda nuestra humanidad.

Servir a Dios y a Santa María en el misterio de su Concepción abre, ahora, muchas perspectivas, ciertamente más amplias y ricas que las que aquí sólo podría recordar brevemente. Vuestra vida cotidiana es la que durante siglos ha respondido a este don carismático en la Iglesia, la que mejor expresa tal riqueza. Es con estos sentimientos que os deseo una feliz celebración de la memoria anual de vuestra santa Madre Beatriz da Silva. Mientras mantenéis vivo el don de vuestra vocación en la Iglesia peregrina en el mundo, recibidlo de nuevo y responded con todo el impulso de vuestra vida.

Que la Bendición de San Francisco os acompañe en esta respuesta y os haga sentir la cercanía fraterna de nosotros, vuestros hermanos. Agradezco a los hermanos que os acompañan y a vosotras vuestra disposición a caminar con nosotros en el don evangélico de la vocación.

Os saludo de corazón como hermano y os custodio en mi oración, mientras pido la caridad de vuestro recuerdo orante por mi servicio y por la Orden.

Fraternalmente

Fr. Massimo Fusarelli, OFM

Ministro general

 

Prot. 111425